OPINÓN: Morante, entre la originalidad y la horterada

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«…Morante es un torero genial, pero no me cuadra que en la calle se aleje tanto de ese clasicismo tradicional que aflora por sus poros toreros. Muchas veces genialidad y esperpento están separados por una línea tan delgada, que se puede pasar de la gracia, el gusto y la galanura, a la extravagancia grotesca más ridícula sin uno apercibirse lo más mínimo…»


Carlos Bueno.-

     Me encanta Morante. En el ruedo es genial, singular, único, diferente; original. Sí, me encanta Morante en el ruedo. Pero su originalidad, que toreando es incuestionable, fuera de la plaza parece escapar a cualquier juicio de elegancia o de distinción, y lo que es peor, a cualquier canon de estilo mínimamente taurino.

     No soy amigo de entrometerme en la vida de los demás, y tampoco es esa mi intención ahora, pero los matadores siempre se distinguieron por serlo dentro de la plaza y fuera de ella, por ser toreros y parecerlo. No es que en los tiempos que corren deban vestir de corto o con camisa de chorreras, ni siquiera de traje. En esta época hay ropa bien moderna y a la vez elegante, y será que estoy chapado a la antigua, pero a un servidor le sigue gustando que los maestros vistan con prestancia y empaque. Ellos son el espejo de muchos jóvenes que acabarán emulándoles. Modelos de estilo a seguir. Héroes cuya imagen percibe y hasta analiza esta husmeante sociedad.

     No me gusta que los toreos parezcan futbolistas, ni tampoco cantantes. Lo de Morante el otro día en televisión, al estilo Joaquín Sabina, roza la horterada. Bombín en la cabeza. Pelo largo desaliñado. El cuello de una camisa blanca desabotonada hasta medio pecho levantado. También subido el cuello de la americana. Pañuelo ceñido a la garganta con un nudo muy estrangulado. Veía a Morante y, desde luego, no me imaginaba a un torero.

     Muchas veces genialidad y esperpento están separados por una línea tan delgada, que se puede pasar de la gracia, el gusto y la galanura, a la extravagancia grotesca más ridícula sin apercibirse lo más mínimo. Me encanta Morante. Sí, en el ruedo es un torero genial, el representante más genuino del arte arcaico de Gallito y Belmonte, pero no me cuadra que en la calle se aleje tanto de ese clasicismo tradicional que aflora por sus poros toreros.

     Morante no necesita de abalorios ni excéntricas parafernalias extrataurinas que sólo invitan a prejuicios, a malentendidos y a equívocos sobre lo que los espectadores pueden esperar de él en la plaza. El bombín y los demás estrafalarios adornos están de más en alguien tan auténtico como él.

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