GALLEANDO

Resurrección en la Maestranza

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El paseíllo.

…»Es una lástima ese quiebro de Morante, Juan Ortega y Pablo Aguado a la emoción del toro en la plaza valenciana. Ahora, que por todas partes se oyen comentarios, acerca de la expectante inauguración de la temporada en Sevilla mañana domingo, no deja de ser una preocupación volver a ver anunciado el mismo hierro ganadero»…

Manuel Viera.-

     Se han escrito inteligentes crónicas de la corrida de la Feria de Fallas, celebrada en la plaza de toros de Valencia el pasado 17 de marzo, sobre un asunto que, sin duda, encierra una gran verdad: la decadencia del toro de Juan Pedro Domecq motivada por la falta de casta y la justa fuerza que han mostrado en los últimos años. Permanente resaca de una gangrena incubada por las figuras que piden su lidia tras la nula exigencia del espectador, y convertida hoy en una pesadilla que parece que nadie quiere controlar. Es una lástima ese quiebro de Morante, Juan Ortega y Pablo Aguado a la emoción del toro en la plaza valenciana. Ahora, que por todas partes se oyen comentarios, diversos y contradictorios, acerca de la expectante inauguración de la temporada de toros en Sevilla mañana domingo, no deja de ser una preocupación volver a ver anunciado el mismo hierro ganadero que, además, se repetirá con la misma terna en otras importantes plazas de toros de España durante la actual temporada taurina.

     El aporte de casta e integridad del toro es trascendental. Lo contrario minimiza el toreo y desfigura la naturaleza de quien lo hace. Estas historias empañan otros logros y devalúan la dimensión de unas formas que, gusten o no, no dejan de ser solemnes y sinceras. Morante, Ortega y Aguado han dejado su huella en Sevilla y han sido autores de tardes históricas con impresionantes momentos llenos de intensidad y entusiasmo, convirtiendo su toreo en una sucesión de sugerencias emocionales. Siempre provoca el delirio la incontenible atracción de un lentísimo lance a la verónica o un natural. Mucho más cuando se observa la seriedad, la casta y la bravura de quien lo toma. Difícil de entender, entonces, torear lo contrario a lo demandado. Allí, o aquí.

     Torear un Domingo de Resurrección en la Maestranza de Sevilla se convierte en ilusionante sueño para quien lo hace, y en expectación sin límites para el público que asiste. Sin embargo, tendrían que hacerlo con toros que aporten la máxima credibilidad a sus respectivas tauromaquias. Ni más, ni menos. Porque difícil sería entender, después, como desconcierta la inexistente relación entre lo que el aficionado reclama y el comportamiento del toro en el ruedo. Siempre quedó claro el divorcio entre lo que se dice querer y lo que de hecho se comprueba. Sólo queda el deseo de ver en la plaza el toro que haga sentir la emoción del toreo. Aunque no es fácil determinar, amigo lector, ni tiene sentido preguntarse, dónde empieza la emoción de unos y dónde acaba la de otros. Nos llevaría a un callejón sin salida

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