Una oreja paseó el sevillano Daniel Luque por insistir con una técnica impecable del cuarto de la tarde. Los otros dos sevillanos del cartel, Juan Ortega y Pablo Aguado, fueron ovacionados. Decepcionante y descastada corrida de Juan Pedro Domecq. La plaza volvió a registrar otro lleno de ‘No hay billetes’.
SEVILLA / Corrida de toros
TOROS: Se han lidiado toros de la ganadería de la misma casa ganadera de Juan Pedro Domecq, de correcta presencia, muy nobles, descastados y flojos. Muy poca fuerza el primero; sin fondo el segundo; muy noble el tercero; muy soso el cuarto; sin fuerza el quinto; apagado el sexto.
ESPADAS: –Daniel Luque (de tabaco y oro), silencio y una oreja tras aviso.
–Juan Ortega (de lila y oro), silencio y saludos.
–Pablo Aguado (de burdeos y oro), saludos y silencio.
CUADRILLAS: Saludó tras parear al sexto Iván García.
INCIDENCIAS: Lleno de ‘No hay billetes’. Asistió al palco de maestrantes la infante Elena de Borbón. Minuto de silencio en memoria de María Luisa Guardiola Domínguez. Pablo Aguado fue atendido en la enfermería de «una herida inciso-contusa en la mano derecha que necesitó puntos de sutura. Pronóstico leve».
Manuel Viera.-
La técnica es un medio, un elemento, que ayuda a realizar aquello que se quiere ofrecer, pero quizás para él, que tanto la emplea de manera impecable, no lo sea tanto. La importancia radica en lo que expresa, el toreo que quiere y va a realizar. Ese toreo hecho a golpe de proceso es tan importante como el propio resultado obtenido. Daniel Luque se empleó con el desfondado cuarto toro de Juan Pedro Domecq hasta conseguir su objetivo. Fue una labor ardua, de querer, de obtener, de conseguir lo mejor de una embestida nobilísima que se quedaba a medio camino por la escasez de casta. El dibujo del natural fue perfecto, incluso los trazos los hilvanaba con suaves toques para acabar con los obligados pases de pecho.
La faena de Daniel estuvo bien estructurada desembocando hacia ese su concepto de esencial clasicismo, para acabar con detalles de calidad y unos naturales de frente de apreciado gusto con los que rubricó su obra. Antes, unos delantales y unas ajustadas gaoneras habían prologado una lidia finiquitada con la estocada que le pondría en bandeja la oreja ganada.
Ni que decir tiene que la corrida no se picó. La suerte de varas fue puro trámite verla hacer. Su belleza es indiscutible. Bonita la hizo Manuel Jesús ‘Espartaco’. Y bien que se degustó. Pero los toros de Juan Pedro Domecq salieron picados, con la nobleza por las nubes y las casta por los suelos. Unos muermos en el ruedo. Y ante esto, la emoción estaba olvidada. La calidad en la embestida del primero de la tarde fue notoria. El diestro de Gerena lo hizo grande a la verónica y muy despacio. Todo lo demás, que no fue poco con la derecha y con la izquierda, careció de la obligada emoción.
Juan Ortega tuvo la nobleza de las embestidas de sus dos toros, pero para muy poco le sirvieron. Porque ni siquiera la deseada verónica al compás y ritmo del sentimiento supo a poco. Al sentimiento, ese eje esencial de ser humano apeló Juan Ortega con el quinto. Un toro noble, como todos, al que toreó de inicio de manera ejemplar. Genuflexo alcanzó esos deseos de hacer el toreo. Tanto el lento recorrido de las telas, como la ligazón, compusieron una lidia de detalles y torería que no acabó de cuajar. De pinchazo y estocada finiquitó.
Tampoco el segundo le dio una mínima opción. Un triste animal en el ruedo al que Ortega toreó despacio con el capote y dibujó bonitos trazos con la izquierda. Todo carente de todo.
El gran toreo a la verónica de Pablo Aguado al tercero fue lo mejor visto y sentido en la tarde. Esto confirma que estamos ante un torero capaz de obtener resultados excelentes de un concepto tan clásico como emotivo y bello. La media con la que rubricó el ramillete de lances fue de ensueño. La obra comenzó de una manera emocional, con las rodillas en tierra, no sin dificultad y realizada con gran personalidad. De aguda belleza fueron lo molinetes, los cambios de manos y las trincherillas, e incluso los naturales lentísimos, trazados de frente, explicaron cómo es el toreo en realidad. Detalles de auténtica torería y una espada que se atascó. Como se atascó la lidia del sexto, un animal sin vida que muy pronto se acabó.
AL NATURAL
Sin toro todo carece de sentido
Francisco Mateos.-
Andamos con la Feria de los ‘mínimos’. Mínima exigencia en todo. Empezando por el empresario, que prometió una subida del nivel de presentación de los toros y en general, ha sido más de los mismo de Pagés, o incluso, si me apuran, un puntito menos. Mínimos por supuesto de los equipos gubernativos, que aprueban animales impropios para la plaza de toros de Sevilla, con una falta de trapío más que evidente para Sevilla. Mínimos para la exigencia de un nivel artístico y de valoración para conceder trofeos. La Feria de los mínimos por la Junta de Andalucía, que año tras año le importa nada lo que ocurra en la plaza, mira hacia otro lado y sigue nombrando a los mismos presidentes y los mismos veterinarios que -ahí está la prensa para leerlo y las redes sociales en la que se expresan los aficionados- conceden orejas de nulo peso y se lidian animales impresentables. Y la Feria de los mínimos por el nivel de exigencia del público, sobre todo de esa bendita nueva hornada de allegados al auspicio de la moda de los toros, pero con los que hay que hacer una ardua labor de educación taurina para que puedan expresarse y valorar con conocimiento de lo visto cada tarde.
Y así llegamos que no hay toro en el ruedo. Sin el toro, todo carece de sentido. Un toro con trapío, acorde con la categoría de la plaza, y más en plena Feria de Abril. Es la pantalla y el escenario de proyección para todo el orbe taurino. Y lo primero es exigirle a un astado que tenga presencia. Después, que tenga pujanza, las fuerzas mínimas para aguantar la lidia. Y por último, y ya más complejo, que tenga bravura, algo que sólo la alquimia profesional de los ganaderos en la selección puede lograrlo. Sin esos condicionantes, lo que está en el ruedo será un sucedáneo de un toro, pero no será un toro de lidia en toda su integridad. Y sin un toro, lo que se haga carece de sentido y trascendencia. No se pueden dar orejas con un toro impropio de Sevilla.
Dice Garzón estos días que la gente está respondiendo porque cada día pasan «cositas» en la plaza. Pues sí, hoy han pasado cositas en la plaza: el último ha llegado a echarse sin que le hubieran entrado a matar. En fin…
LA VOZ DEL ABONADO
La tarde de los ‘gatitos’
Unión taurina de abonados y aficionados de Sevilla.-
De todos es sabido que Morante es un arqueólogo del toreo. Gusta de buscar suertes de toreros antiguos, traerlas a la actualidad y hacerlas casi suyas, con su tremenda personalidad. En esta ocasión, el que hizo el homenaje a la prehistoria del toreo, fue José María Garzón. Nos trajo a la memoria a un novillero conquense de antes de la guerra civil, en este caso Heliodoro Ábalos ‘Carbonerito’. Y no fue con alguna suerte suya, sino con el ganado, de Juan Pedro Domecq (la antigua ganadería del Duque de Veragua).
Media docena de ‘toritos’ que en cuanto los picaban, más que torearlos, daban ganas de acariciarlos igual que al que el hijo de ‘Carbonerito’ le regaló a su sobrina y le dio un dinerito, además, para gastos veterinarios por los problemas traumatológicos del animal. No sé cómo sería el gato, pero seguro que tenía más casta que con los que nos han obsequiado hoy José María y Juan Pedro. Los tres toreros acartelados venían a acariciar a conciencia a los ‘gatitos’, pero cuando se pasaban con las caricias los pobres iban al suelo.
Daniel Luque con el mínimo primero (aunque no era pequeño) no pudo acariciarlo mucho porque daba con sus pobres huesos en el suelo, pero lo compensó con el cuarto, al que estuvo acariciando más de diez minutos y en la plaza hubo más de una crisis diabética, por ello supongo que le dieron la única oreja de la tarde.
Juan Ortega vino flojo, como los ‘gatitos’ (vaya Feria mala ha echado). Al segundo le pasaba igual que al primero y no pudo estar arrullándolo mucho tiempo, pero en el quinto pareció que se vino arriba puesto de rodillas al principio de faena; el ‘felino’ se rajó y aquello no acabó de cuajar.
Pablo Aguado era el más acostumbrado de los tres a acariciar. Nos hizo concebir esperanzas con el tercero, que allí iba a haber ‘amor gatuno’ (un par de naturales buenísimos), pero la cosa se estropeó porque el ‘gato’ le enganchaba la muleta con sus garras. En el último pasó algo parecido, pero este ‘gatito’ era tan amoroso que hasta se echó en plena faena.
Esta es mi última crónica de la Feria 2026 en representación de la Unión de abonados y aficionados de Sevilla. Me despido por ahora emulando (salvando las enormes distancias) al genial Rafael de Paula en el parador de Ronda, con aquel «me voy ‘pa’ Jerez de la Frontera, donde se comen las papas enteras». En mi caso perdonen el ripio: «yo me voy ‘pa’ 3 puyazos, donde a los toros se les dan 3 varazos»… como poco. Hasta pronto.


















