El sevillano Morante de la Puebla abre la temporada taurina sevillana y le corta las dos orejas a un buen toro de la descastada corrida de Garcigrande. Elegancia y lentitud en los lances con capote, y faena con derecha de alta calidad artística. Roca Rey y David de Miranda cortaron un apéndice. La plaza se llenó.
SEVILLA / Corrida de toros
TOROS: Se han lidiado cuatro toros de Garcigrande, desiguales de presencia, nobles, descastados y flojos. El sexto se lidió como sobrero al partirse un pitón el titular. Muerto en vida el primero; noble y parado el segundo; manso descastado el tercero; muy noble el cuarto; con calidad en las embestidas el quinto; muy parado el sexto.
ESPADAS: –Morante de la Puebla (de negro y azabache), silencio y dos orejas.
–Roca Rey (de tabaco y oro), saludos y oreja.
–David de Miranda (de celeste y oro), silencio y oreja.
INCIDENCIAS: Plaza llena de ‘No hay billetes’. Antes de iniciarse el paseíllo sonaron los acordes del himno nacional. Se guardó un minuto de silencio en recuerdo de Rafael de Paula, Álvaro Domecq y Ricardo Ortiz, y por la víctimas del accidente ferroviario de Adamuz. El rey emérito, Juan Carlos I, y su hija la infanta Elena, ocuparon un balconcillo en el palco maestrante.
Manuel Viera.-
Como era de esperar, el público aterrizó de pleno en la Maestranza y todo fue emocionado y emocionante. La alegría contenida explosionó en una enorme ovación cuando el genio de La Puebla de Río apareció por el portón de cuadrillas. Y se repitió después, obligándolo a saludar desde el tercio. El diestro cigarrero provoca lipotimias emocionales, cortocircuitos sensibles. Los tendidos abarrotados de la Maestranza fueron una vorágine de exaltaciones que se transmitieron al territorio de albero donde se asienta y se expende la obra del artista. Fue entonces cuando uno aborda la conciencia de sentirse en la misma senda de influencia a la exaltación. Y todo fue posible.
Sí, porque la tauromaquia de Morante posibilita los caminos hacia ese mundo interior propio, vital, ligado a la pasión creativa del artista. Bastaron unos lances a cámara lenta para que la plaza estallara de júbilo. ¿Cómo es posible crear ese lance, aguantar con el capote iniciado el parón del toro, y seguir con ese ritmo sin tiempo? De nuevo la locura, de nuevo la verónica, el valor en un mundo de fantasías. Después, pese a la previsible ausencia de bravura, la calidad de unas nobles embestidas le permitieron modificar el comportamiento descastado del animal para ejecutar una faena compleja y ambiciosa, en la que el toreo diestro fue característica fundamental de una obra incompleta. El recorrido lentísimo de cada trazo delineó la curva del vuelo de la tela siempre hacia adentro hasta acabar atrás en la cadera. Fue la brillantez del toreo del sevillano, la excelencia en el templo del toreo. La naturalidad que impone a lo hecho sentido trascendental. Sucedió con el cuarto toro de Garcigrande, un toro de nobles y buenas embestidas, aunque de escasa casta. Fue faena de detalles, algunos sublimes, y de gran estocada para finiquitar. Y como la gente vio más que lo que aconteció en el ruedo, le pidieron las dos orejas que el presidente no dudó en conceder. Una hubiese alcanzado el peso del triunfo.
El primero fue un animal muerto en vida; además, mal picado. Morante, brindó al viejo Rey, que ocupaba un balconcillo maestrante. Intentó el toreo, desistió ante lo imposible y lo mató.
Andrés Roca Rey, posiblemente, cuando olvide su principal objetivo que es el de cortar orejas, las máximas cada tarde, toreará mejor. Porque siempre recurre a ello para obtener el triunfo. Y lo hace con ese toreo de muletazos largos hacia fuera, en línea y ligados, con los que llega con facilidad a la gente. Toreó de hinojos con la derecha al segundo, un toro noble y paradito, al que le templó los mejores muletazos diestros de una faena que no tuvo nivel con la izquierda. Tras pinchar antes de la estocada le ovacionaron lo hecho.
El quinto fue un buen toro al que le cogió el son en muletazos diestros de mano baja y un toreo en redondo que llegó con inmediatez a los tendidos. Fue faena de más a menos, en la que el toreo de mano izquierda iba desplazado hacia fuera. Una obra desigual que tras finiquitar de una buena estocada fue premiada con una oreja. Aunque le pidieron las dos. Inaudito.
Tan cercano a las líneas clásicas tradicionales del toreo, David de Miranda es uno de los escasísimos toreros capaces de generar emociones basadas también en el valor. Con él encaró ambas lidias basadas en la quietud. Fueron los peores toros del encierro los que le tocaron en suerte al diestro de Trigueros. Con el primero, un manso descastado que huía de su sombra intentó faena genuflexo sin conseguir su objetivo. De media estocada lo mandó al desolladero.
Al sexto, lidiado como sobrero, le cortó la oreja a golpe de valor. Fue cogido de muy mala manera en el inicio de faena cuando citaba de lejos por estatuarios. Le echó coraje y lo intentó todo con su característico toreo entre los pitones de un animal parado y a la defensiva. De Miranda le robó naturales quieto y derecho como un junco, jugándosela sin cuento. La oreja fue para él.
AL NATURAL
La ‘biblia’ morantista
Francisco Mateos.-
No hay quien pare la fuerza de Morante. El torrente de magia e ilusión que provoca Morante de la Puebla, su plenitud artística y torera actual no es ni medible ni comparable. Ni es más, ni es menos; ni es mejor, ni es peor. Es otra cosa. Por eso le da igual torear con el que sea: la figura que más triunfa y más gente lleva a la plaza (Roca Rey) o el que tiene el veneno en la sangre para salir a dar bocados cada día (David de Miranda). Morante no tiene rival, ni competencia. Está al margen de todo. Y esa fascinación llega a desbordar tiempos, formas y modos. Mas aún en su casa, Sevilla, en el día de su reencuentro con los ruedos tras el amago de retirada en Madrid el 12 de octubre pasado, y el día -Domingo de Resurrección- de más roneo del público en la Maestranza.
Con Morante todo se desborda. Si hasta anteayer hablábamos del ‘currismo’ como una religión -judicialmente reconocida- basada en una fe inquebrantable con hechos milagrosos pero contrastables y un credo que profesar, hoy podemos hablar definitivamente de esa otra religión extendida que es el ‘morantismo’. Y su líder espiritual, José Antonio Morante Camacho, obra el milagro de la multiplicación de los peces y el vino, y donde era una oreja aparecen dos. El milagro de hacer una faena excelsamente perfumada con el incienso aromático del Guadalquivir al cuarto toro, con un ramillete de verónicas y una media que hizo andar a los cojos, ver a los ciegos y oir a los sordos. Y una faena maciza sólo por el pitón derecho, medida y con empaque torero, con muletazos tan lentos y con tanto regusto que duele aún el cuello de tenerlo tanto tiempo girado, rematada con una estocada preparada a fe en un volapié sin ventajas. El ‘nuevo testamento’ del toreo según Morante.
Y esa felicidad contagiosa de los fieles que siguen con fe el ‘sermón’ taurino del ‘maestro’ cuando convoca a sus ‘discípulos’ cada tarde de toros lleva a un trance hipnótico en el que todo parece ya bueno. Es la felicidad plena de alcanzar la sensación de vivir en el ‘paraíso’ a la derecha del ‘profeta’ taurino de todos los tiempos. Otro nuevo milagro con el trofeo a Roca Rey -el ‘judas arrepentido’ del morantismo- por una faena premiada con oreja, porque en el anterior el ‘enviado’ de los cielos taurinos había cortado las dos orejas por el milagro de la multiplicación. Al igual que el valiente onubense David de Miranda lograba otra oreja, porque todo el que se acerca al ‘maestro’ del morantismo como discípulo es bien recibido y agasajado.
Y Morante, ese nuevo ‘dios’ del toreo del siglo XXI que viene a reivindicar la fe en el ‘antiguo testamento’ del toreo, todo lo puede. El todopoderoso Morante puede tapar la impresentable corrida de Garcigrande, trapío impropio para el nivel del templo taurino de Sevilla. Y tapar también a un sanedrín del palco presidencial que falla repetidamente aceptando estos toros y contagiándose de esa hipnosis colectiva de felicidad extrema. Este ‘profeta’ verdadero del toreo todo lo puede, que para eso hasta los propios reyes como Juan Carlos I llegan desde países muy alejados guiados por esa estrella iluminada en el cielo que le dirige hacia el ‘belén’ taurino del toreo que se celebra estos días en el lujoso pesebre del Paseo de Colón. El ‘profeta’ taurino -seguro estoy- seguirá escribiendo pronto nuevos versículos de su ‘biblia’ morantista. Amén.
GALERÍA GRÁFICA
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