
«…Ramón Vila Giménez fue mucho más que el cirujano jefe de la enfermería sevillana entre 1978 y 2011. Fue el ángel de la guarda del toreo, heredero natural de una saga médica y arquitecto de la modernización de la medicina taurina. A sus manos fueron a parar infinidad de toreros con la vida escapándose a borbotones…»
Redacción.-
Ramón Vila, el médico que daba tranquilidad al paseíllo. En Sevilla, durante más de tres décadas, hubo una certeza que calmaba miedos antes de que sonara el clarín: Ramón Vila estaba en la plaza. Bastaba verlo asomado al burladero de médicos de la Maestranza para que el paseíllo pesara menos y la cornada, si llegaba, no sonara a sentencia definitiva.
Ramón Vila Giménez (Sevilla, 1938–2018) fue mucho más que el cirujano jefe de la enfermería sevillana entre 1978 y 2011. Fue el ángel de la guarda del toreo, heredero natural de una saga médica -la de su padre, Ramón Vila Arenas- y arquitecto de la modernización de la medicina taurina en España. A sus manos fueron a parar infinidad de toreros, algunos al borde de la muerte, otros con la vida escapándose a borbotones. Pepe Luis Vargas, Curro Sierra, Franco Cardeño, Luis Mariscal, Jesús Márquez… nombres que siguen respirando gracias a un bisturí firme y a una cabeza fría cuando el reloj corría en contra. Él mismo contaba las salidas por la Puerta del Príncipe como si fueran triunfos propios: vidas salvadas.
La Maestranza cambió con él. Amplió el equipo médico, transformó la vieja enfermería en un quirófano moderno, funcional, a la altura de una plaza de primera. Hizo de la cirugía taurina una disciplina seria, respetada, estudiada en congresos nacionales e internacionales. Presidió la Sociedad Española de Cirugía Taurina y dejó huella también en el Reglamento Andaluz. Pero nunca perdió el perfil bajo del que sabe que su papel empieza cuando otros ya han jugado su vida.
Su nombre quedó unido para siempre al de Francisco Rivera ‘Paquirri’. De una cornada en 1978 nació una amistad fraternal que llegó hasta el testamento del torero. En Pozoblanco, en 1984, cuando la tragedia ya era irreversible, aquella frase que dio la vuelta al mundo resumió una fe absoluta: «¡Que llamen al doctor Vila!». No llegó a tiempo, y esa herida -como las muertes de Montoliú y Ramón Soto Vargas en 1992- acompañó siempre al médico sevillano, hombre sensible pese al oficio duro.
Aficionado cabal, médico vocacional, ‘médico-torero’ como él mismo se definía, Ramón Vila soñó con entender el miedo y el valor desde dentro, aunque nunca se puso delante de una becerra. Jubilado, siguió yendo a la plaza. Su sitio estaba allí. Hasta el final. Murió de forma repentina, casi sin avisar, como se van los que nunca quisieron hacer ruido. Dejó pendientes sueños sencillos -un crucero por el mar con los suyos-, pero cumplió el mayor de todos: salvar vidas en el lugar donde más se juegan.
Hoy, cuando el toreo mira al callejón, ya no está Ramón Vila en su burladero. Pero su ausencia pesa tanto porque durante años fue la certeza de que, incluso cuando el toro vencía, la última palabra aún no estaba dicha.

















