OPINIÓN.- Lluvia en la Maestranza medieval

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«…Me cuesta mucho escribir algo contra algunos incompetentes de Sevilla porque soy sevillano consorte. Las suspensiones de este año en la Maestranza, en fechas claves y con carteles de lujo, ante la indiferencia, la impotencia, la desidia y la incompetencia de maestrantes y empresa no tiene nombre. Una vergüenza indignante para Sevilla…»



La Maestranza, abandonada a su suerte frente al agua.
FOTO: Sevilla Taurina.

Ricardo Díaz-Manresa.-

     Me cuesta mucho escribir algo contra algunos incompetentes de Sevilla porque soy sevillano consorte, la única hembra de los tres hijos que tengo se llama Macarena; mi mujer, Esperanza, mi suegra -del mismo nombre- se murió siendo el número tres de la Hermandad de la Virgen más universal de Sevilla, mis hijos y yo somos hermanos de Santa Cruz como un cuñado y sus hijos, mi mujer –con más de 50 años de antigüedad- y mi hija, de la Macarena, y yo además del Baratillo, la hermandad más taurina de Sevilla y de España. Mi suegro, un histórico de El Valle junto a su primogénito y nietos. Parte de mi familia política está abonada a la Maestranza.

     Todas las generaciones de las que tengo recuerdo por parte de mi mujer son de Sevilla y yo voy mucho por la ciudad, la valoro, la quiero y la disfruto, pero lo de la Real Maestranza de Caballería –algún día la llamaré como se merece pero todavía me resisto- es intolerable. Suspender tantos festejos, igual en la de abril como ahora en la Feria de San Miguel, sin prácticamente mover un dedo, no tiene nombre.

     Si a los maestrantes -ciento y la madre para sacar la barriga y chupar palco o al menos los que no hayan protestado o intentado cambiar esta situación- los pusieran con un cubo y una bayeta, como algún empleado en alguna tarde de abril, esto si arreglaba. Si a la pareja Canorea-Valencia de la empresa familiar les obligaran con un rastrillo a sanear el ruedo, ya no habría problema. Y además al tal Canorea Pagés le vino el chollo del cielo o mejor dicho de papá y de mamá, de las habilidades del casi siempre bondadoso Diodoro. Eduardo no movió un dedo para que le cayera el uso, disfrute y dinero de esta plaza, igual que no lo mueve para intentar respetar a la afición de Sevilla por las suspensiones, pero que no diga encima que no hay culpables y en plan prepotente. Indigna. Y por el mismo camino va al cuñado Valencia -ya ven, empresa familiar- de un templo conocido en todo el mundo, que es patrimonio cultural y artístico de tantos y que regentan ellos como les da la real gana en la Real Maestranza.

     ¿Y los maestrantes? Pues lo dicho arriba: ni clavo, ni soluciones. Eso sí, gafaron la temporada con el cartel mamarracho indignante que nos han hecho tragar, que han humillado a la afición y han hecho lo que les ha dado la real gana en su real maestranza -vamos a empezar a escribirlo con minúsculas- porque tienen la sartén por el mango. De la lluvia, de las suspensiones, de las gradas intolerables, de timo, tan bien y reiteradamente denunciadas por Juan Miguel Nuñez, campaña a la que me sumé y empecé otra con las gradas y andanadas de Madrid, que -sin embargo- no llegan a lo ocurrido tristemente tantos años en la maestranza. Y lo que queda.

     Lo primero que sugiero es abrir una suscripción para comprar unas lonas, como las de Las Ventas, y llevar a cabo un drenaje razonable, como también el de Madrid. Incluso para unos micrófonos movibles -como los de las manifestaciones- para acabar con la maldita pizarra, que vemos cuando la lluvia en la maestranza medieval (con precios de las entradas, eso sí, del siglo XXII). Qué vergonzoso todo y qué esperpéntico. Hasta Emilio Muñoz y el niño perdido de Alquerías se quejaban.

     Los maestrantes y la pareja familiar dejan el ruedo a su aire hasta poco antes de que empiece la corrida, se supone que con intención de suspender. No dan soluciones antes, arreglando lo que se pueda con tiempo suficiente, o pidiendo un aplazamiento para arreglarlo después. Abocan a los toreros a decir no. Tienen razón los espadas a no jugársela así y no poder dar al público el espectáculo que merecen, en las condiciones idóneas y por el dinero que han pagado. Eso es respetar a los del tendido. Lo anterior es reirse de él. Pero los abonados, como sevillanos que son, lo tragan todo: a los maestrantes, a la pareja familiar, al tren de la Catedral, al llamado alcalde y al alcalde de verdad en la sombra, el de Izquierda Unida. Sólo quieren que la cerveza esté fresquita y ya está. ¡Uy, si hubiesen tenido una contundente respuesta, otro gallo cantaría! Después de ver tantas corridas en Sevilla, la impresión que tengo, por lo calladitos que están, es que nadie paga.

     Lo de la lluvia y las suspensiones así es medieval, siendo generoso. Da igual en la maestranza que haya dejado de llover dos o tres horas antes y que salga el sol. Les importa un pito que los empleados sigan echando albero mientras ya está decidida la suspensión. Incompetencia y desidia a partes iguales. No pueden decir a la hora en punto del comienzo de la corrida lo que se va a hacer, sino que esperan veinte minutos o los que les dé la gana para sacar la pizarrita del horror… Mira que como algún día se les pierda la tiza… Se ríen de los espectadores que están allí y de los que esperan en televisión, y que también han pagado, y lo único que se le ocurre a Anabel, la 'presi', no es defender estos principios y a la hora en punto decir lo que se ha decidido, sino prohibir a un reportero que pise el inmaculado, glorioso e intocable albero sevillano. Y tienen la cara de remachar que es por respeto al público.

     "Por unanimidad de los espadas, suspendida", reza la pizarra de la tiza. Y no cabe poner: "por incompetencia de la empresa, suspendida". Por falta de autoridad de la presidenta o del presidente, suspendida (ahora). Por indiferencia de la empresa familiar, suspendida (parece que les da igual o que el seguro de suspensión es muy sabroso, vaya usted a saber). Porque esto es el ombligo del mundo y somos los mejores, suspendida. Porque no tenemos que copiar nada de Las Ventas, en cuyo pasado San Isidro llovió tanto o más que en Sevilla y no se suspendió ni una y se hizo el paseíllo a su hora con el ruedo seco gracias al buen drenaje y a unas lonas espléndidas, suspendida. Porque nos importa un pito la afición, sus derechos, sus molestias (hacerlos venir a unos de lejos y tener sentados a todos una hora esperando) y con los gastos y molestias que eso conlleva, suspendida. Porque los espectadores lo que tienen que hacer es pagar y callar, suspendida.

     En fin, maestrantes, pinten las maderas a partir del 13 de octubre, déjenla 'presiosa' y váyanse a tomar fino y jamón. Y presuman de la lluvia en la maestranza medieval… Y del cartelito gafe y repulsivo…

*Ricardo Díaz-Manresa es periodista y colaborador de Avance Taurino.

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