LA CHARPA DEL AZABACHE

Morante en la higuera

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El siempre sorprendente Morante de la Puebla.
El siempre sorprendente Morante de la Puebla.

«…Morante tiene talento, a qué negarlo, pero sobre todo tiene inquietud, curiosidad y el suficiente grado de afición como para valerse de todo método capaz de nutrir sus siempre insuficientes conocimientos. Ha debido de quemar pilas atormentando los mandos que hacen que las películas de toros que visiona vuelvan, una y otra vez, atrás hasta lograr absorber los más fútiles detalles de cuanto torero antiguo le sale al paso….»

Francisco Callejo.-

     Tabicada la Feria de Valencia con el lacre de lo periódico y sucesivo, hundida en la ciénaga de un fracaso tan irrebatible como palmario, al sistema no le resta sino subrayar excepciones para mitigar el derrumbe de uno de los ciclos más sustantivos de un calendario que se adelgaza por años.

     Estas últimas Fallas han sido, con diferencia, de lo peor que ha vivido el regadío del Turia en toda su seglar andadura. Muere la Valencia taurina de inapetencia y tedio, se desmorona sobre un sopor albañal y cíclico para ceder el testigo lacio y desnutrido que llega famélico a la siguiente feria. Sevilla habrá de salir al rescate de un ceremonial anémico y cetrino que acusa sobremanera las extemporáneas ocurrencias de empresarios de arribada y chiringuito.

     En el solar que ha dejado el coso de Játiva, donde más valdría considerar el cultivo de cuanta legumbre despierta al estímulo de un mar próximo y feraz, no hay motivo para la evocación. Todo lo allí acontecido no forma parte sino de la secuela administrativa en que deriva todo espectáculo pronosticable y normativo. Cuanto festejo se ha desarrollado en la plaza que años atrás esquilmara y depauperara el liviano, evanescente y gaseoso Enrique Ponce, no se ha constituido sino en un sumario de lugares comunes festoneados de vulgaridad y rutina. Sin excepción, a pesar de que el sistema trate de inocularnos a través de sus sofisticadas pautas persuasivas una oreada mentira taraceada de hallazgos.

     Morante vive los ubérrimos y feraces días de sus esponsales con el mito. Él es el actual y vigente pancreator de una cosmovisión que precisa de la fabulación y el encomio para sustantivar una técnica y una intuición que no hacen sino seguir unos preceptos que liban de las más precisas fuentes en que se asientan el clasicismo y la tradición en su más exacto ser. Morante tiene talento, a qué negarlo, pero sobre todo tiene inquietud, curiosidad y el suficiente grado de afición como para valerse de todo método capaz de nutrir sus siempre insuficientes conocimientos. El de La Puebla ha debido de quemar pilas atormentando los mandos que hacen que las películas de toros que visiona vuelvan, una y otra vez, atrás hasta lograr absorber los más fútiles detalles de cuanto torero antiguo le sale al paso. No le ha valido, sólo, con el ribete de colores, perifollos y destrezas que observa en las fotografías de todo matador que le ha precedido varias generaciones atrás; Morante indaga incluso en la caída del pañuelo que festonea sus encajes más allá de la solapa sobre la que hace equilibrio, busca el nudo de la pañoleta que trasladar del almidonado gollete de Pérez de Guzmán al cuello de sus camisas de blonda y, sobre todo, olfatea todo vestigio aletargado en la duermevela de los siglos.

     A su elaborado y urdido cuidado por cuanto detalle respire en sepia, se une un físico que nos espeta la contradictoria creencia de que el torero es un atleta perito en elegancias. Morante se ha cuidado de descuidarse hasta el punto de no desentonar en el supuesto de figurar fotografiado al lado de don Fernando el Gallo, el Espartero y Currito. Sus adiposidades y sus patillas de boca de hacha hacen de él la perfecta semblanza de todo un siglo XIX corregido y aumentado. Todo en su toreo bebe de una decimonónica sevillanía autoimpuesta a la que le sobreviene el añadido de un siglo XX solidificado y erigido sobre la pierna que se le flexiona a Rafael el Gallo a la salida de sus atormentados pases de pecho. Morante es ladrón de oído, o de gestos, por mejor decir, y de aquel torero relamido y compuestito que fue, no queda hoy sino la raya que se le dibuja en la crencha del desaliñado cabello.

     A Morante se le ríe todo. Tanto, que se ha desdoblado y en su vida civil pretende ingeniosidades que no son sino el resbalón de una boutade que ha terminado haciendo de él un hortera consentido. Desde el canotier y la pajarita, pasando por la beisbolera de mangas negras y sus estampadas camisas, hasta el traje de estopilla verde oliva sobre camisa beige corto de café, Morante ha terminado siendo el ordinario ocurrente recién salido de una película de serie B de los años setenta. Hasta el punto que, de conducir junto a Manolo Sánchez un Ford Gran Torino rojo, creeríamos estar asistiendo a un remake de Starsky y Hutch.

     Por absurdos como este desagua su malograda torería. Como este y como el de pretender emular la fatigada y dificultosa sintaxis de un Rafael de Paula en comunicación a cobro revertido con el trance.

     Morante se ha hecho su público y, sobre todo, se ha convertido en la oración yuxtapuesta de ciclos como el de Fallas, donde a la estéril siembra de carteles bajos en nitrato, les viene a poner un punto de fermentación que ya se ocuparan luego de cantar sus panegiristas y palmeros. Su faena de Valencia, además de interrumpida, tosigada y oscilante, no vino sino a hacer acopio de generalidades y bagatelas principiadas con un guiño a Antonio Bienvenida, un pase de pecho largo cabalgado de morosidad acompasada y un constante empujar al toro hacia los adentros hacia donde resbalaba de bondad. Punto. El resto no fue sino lo que los que le cantan hubieran deseado que fuera, una mentira bien gritada.

     Sucede que en el apogeo del toreo gimnástico, esférico y agrimensor, que alguien nos devuelva la impronta de lo inmanente se constituye en noticia, si no de qué.


*Publicado en la web lacharpadelazabache.com

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