De tentadero con Espartaco

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Un tentadero singular. Disfrutar de una mañana de tentadero en la inmensidad de la sierra onubense, arropado sólo por cuatro amigos y paladeando el toreo intimista de una figura como el sevillano Espartaco, al que sigue corrigiendo como si de un niño se tratara su padre, Antonio Eepartaco. Un tentadero singular porque no hay plaza, en un viejo cercado, en una vieja era, con un viejo carro por palco. El toreo en estado puro y primitivo, en estampas de otros tiempos. Un privilegio para los sentidos.

Javier García-Baquero.-

El toro nos ha dado la oportunidad de conocer a gente excepcional. Muescas en el alma me grabaron un viejo picador sabio en Aznalcóllar que hizo estremecerse mi corazón, Pedro Beltrán, al que se encontró muerto en su pensión Gabino Diego en un día de este verano sin grandes señales que lo hicieran presagiar, un camionero que se vuelve loco por el toro y su mundo, un matador de toros que vive de la chatarra y de los presagios y de los recuerdos. Gentes que te calan el alma, gentes a quien ha calado el toro.

En este mundo de verdad, la gente es de una pieza, de material noble y de maneras recias. Suelen poner como parapeto la guasa, el descreimiento y cierta socarroneria brutal que desarma y descubre al débil. Raro es el hombre del toro que no atesora mitos, muchos vivientes, y dolientes y demasiado cercanos. Quien tiene mitos tiene esperanzas, y sueños, y recuerdos, y eso es calidad de humano. Raro es quien no guarda un corazón de oro, un alma de bohemio y unas monedas que dar con la izquierda sin que se entere la diestra.

Todo se magnifica si el personaje al que te propones paladear en este ambiente del toro es un torero de la máxima calidad humana, y que además es, ha sido y será figurón del toreo, de los de mando en plaza y fuerza en los despachos, de los de portagayolas y sentido de temple, de los de reventar Sevilla, y Bilbao, y Madrid y… sentirse en Huelva, de los de cien corridas durante diez años, de los de cuadrillas serias y gatos en la barriga cada tarde. Hay hombres a quienes conoces desde siempre. A este Espartaco lo conocí mientras estudiaba selectividad con mi hermano Manolo Olmedo y vimos por la tele cómo el rubio que tanto había toreado con El Mangui se iba a la puerta de chiqueros en busca de la gloria diez minutos antes de coger los palos y la plata. Esa tarde él conoció a ‘Facultades’, de Manolo González, y ya no volvió a saber qué era no tener contratos en el horizonte.

Luego coincidimos mil veces por las plazas, coloquios, actos de diversa índole. Es cosa grande conocer en la distancia corta a Juan Antonio Ruiz ‘Espartaco’, placer que me dio el toro, gracias a Manolo Montes y Alejandro Márquez hace dos años, compartir una noche gloriosa de historias y sentimientos con el maestro de Espartinas, descubrir al hombre, confirmar al ser humano tras el personaje, y al corazón tras el hombre, paladear un cuarto de siglo de la mejor tauromaquia y tener la certeza que me encuentro ante alguién excepcional en su forma de encarar la vida, el toro, la amistad y su propia intimidad.

Y entonces, la prueba del nueve, a través de un ganadero amigo, de antiguos logros acrisolados en carteles que amarillean, alguno con el nombre del de Espartinas, y presente de poco más que ilusión y esperanzas. Se le invita a un tentadero. Modesto, tres vacas, dos añojas adelantadas y una erala; no hay plaza: un cercado en una antigua era. Es el teatro de la prueba. Ni catering, ni ministros, ni putones,… ni más que el campo y un remolque rociero que hace las veces de palco para los cuatro amigos cabales y la bravura puesta a romana de la añeja forma. Se le ofrece ir a Huelva para tentar con el pudor de quien ofrece honrado pan negro en manos limpias. La sonrisa franca trasciende el teléfono:

-Dime día y hora, y allí estamos.

La hora son las siete -de la mañana-; el día, cualquier. Y como un clavo allí se planta. Luego… el saber estar, la humildad de una pregunta al ganadero:

-¿En esta casa se tienta de corto?

Tras cambiarse y pasar por la capilla, porque en esta casa se cuidan las formas, saludo al guarda, a su mujer, a los niños, fotos, mil fotos, promesas de más fotos dedicadas que sabemos que son ciertas y… ¡al lío que viene la calor y luego pesa el día!.

La maestría técnica de una profesión deja marcas indelebles en las formas y en el alma cuando el oficio se ha aprehendido de chico, cuando se ha mamado, cuando se ha crecido a la vez que el conocimiento. La condición torera, el sentirse más y mejor hombre cuando se está delante del toro, eso es innato. Sólo ver acariciar los trastos a Juan Antonio se percibe la dimensión de una entrega sin ambages al toro, a su mundo, a su autenticidad, a su grandeza y a sus insignificancias, a su dureza y a la magnificencia sublime de lo sencillo cuando lo sencillo es puro.

Luego llega la hora de la verdad, hoy de la verdad pequeña de las añojas , y entonces, surge el viejo Espartaco, el que asustó a Belmonte y entusiasmo al Pipo, el que llevó a su hijo por los más ariscados caminos, el que se enfrentó a sus gentes y a los parientes políticos por el niño, el que cogía aceitunas para pagar cuadrillas, el que le decía a su hijo que esa tarde se tenía que arrimar más que nunca y luego se metía en el cuarto de baño de la pensión a llorar, a llorar de frustración, de contradicción, al fin de miedo, del peor miedo que se puede tener que es el miedo del padre, y luego dejaba al padre en el lavabo y salía para montarse en el ‘cochecuadrillas’ y seguir metiéndole las cabras en el corral al torero.

Antonio Espartaco va a los corrales a ver las vacas, marca el orden de lidia, limpia de piedras la plaza, para a la añoja, indica al picador, que en esta mañana el picador es el ganadero Marcelino Acosta, le indica los terrenos, canta las virtudes, tapa los defectos, le dice al figurón de los ochenta cuál es el pitón, saca a dos chavales de su escuela en los postres, les riñe, les exige, «más cerca, más cerca,… ahí», tumba la vaca, le corta los pitones, la saca a cuerpo limpio del cercado, corre delante templando la embestida, cuenta una gracias y tiene… bueno, nadie puede saber la edad que tiene desde que hizo el pacto con el dios de los toreros que no llegan y quedó acordado que ni el llegaría a ser figura, ni cumpliría más años desde los veinte que aparenta.

Se demora la mañana en el placer del campo. Salen tras nosotros las vacas a la rastrojera sin puertas ni cercados, todo medido, a la usanza de Diego Garrido -ahora Guillermo Acosta-. Acaba la labor, un tentempié ligero, el placer de la conversación, lo grato de la compaña, la valiente esposa del ganadero, Lourdes Casillas, el letrado José Antonio Sotomayor, Elías Picón -escultor de brillante presente-, la discreción y saber estar de Víctor Espartaco, las orejas abiertas de Paco Hidalgo y Emilio Molina, se alaba el son de las vacas tentadas y las formas de la casa ganadera que se recrea en la quinta generación. No se entiende que no se lidien los veinte cuatreños que se rematan en la dehesa. La opinión generalizada de que no hace falta una plaza de tientas en La Torre para poner en la balanza de los arcanos la bravura, la conversación se haría eterna…

Despedidas y abrazos, un hasta pronto y el sentimiento de los días inolvidables. ¿Que qué hizo Espartaco delante de las vacas? Ahí dejo la fotos porque siempre hubo placeres que nunca querré poner en palabras.

*Javier García-Baquero es periodista taurino onubense de Cope-Huelva y Ambitororos.

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