Un sevillano serio

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«…Era, ante todo y sobre todo, torero: un gran artista, un lidiador clásico, que unía conocimientos del toro, estética y valor. Valor también, por supuesto: en los terrenos que él pisaba, los toros no suelen perdonar. Le irritaba el tópico que identifica la llamada escuela sevillana con el adorno superficial, la postura, el ‘ponerse bonito’… Creen algunos que sólo alcanzó la maestría en su segunda época, después de su reaparición. Se equivocan: basta con haberlo visto, de novillero, para saber con seguridad que no es así…»


Andrés Amorós.-

     Frente a la Maestranza, junto al río, Manolo Vázquez dibuja ya una pase natural interminable… Nadie discutirá la justicia de este monumento a un maestro de la Tauromaquia, una gran persona y un buen sevillano. Muy pocas fechas, además, hubieran podido ser más oportunas, para la inauguración: la sevillanísima mañana de Corpus, ese jueves "que relumbra más que el sol", en el que el maestro alcanzó éxitos como el de la fecha capicúa —así la llamaba él— del 18 de junio del 81, con un tercio de quites absolutamente inolvidable.

     Era, ante todo y sobre todo, torero: un gran artista, un lidiador clásico, que unía conocimientos del toro, estética y valor. Valor también, por supuesto: en los terrenos que él pisaba, los toros no suelen perdonar. Le irritaba el tópico que identifica la llamada escuela sevillana con el adorno superficial, la postura, el 'ponerse bonito'… Creen algunos que sólo alcanzó la maestría en su segunda época, después de su reaparición. Se equivocan: basta con haberlo visto, de novillero, para saber con seguridad que no es así. Todavía no había tomado la alternativa cuando Gerardo Diego —el poeta que mejor ha conocido la técnica y la historia del toreo— vio en su arte "caracteres tan raros de ver reunidos que creo que todavía no se han dado en nuestro siglo si no es, hasta cierto punto, con Joselito. Lo de hasta cierto punto se refiere a la calidad de José como artista".

     Una vez me enseñó las fotografías de cuatro naturales suyos, de los años 1950, 1955, 1968 y 1983. A lo largo de más de treinta años, la fidelidad a una línea estética era absoluta: pureza, naturalidad, clasicismo… Ya en su juventud se dijo que volvió a poner de frente el toreo, que estaba de perfil. Fue ganando, eso sí, en hondura, en madurez: no podía ser de otra forma. En su segunda etapa mostró a los jóvenes la belleza eterna del toreo clásico, dando al toro las distancias adecuadas. Su reaparición y su despedida fueron planeadas y realizadas con una inteligencia que no tiene parangón en la historia del toreo (salvo, quizá, la de Marcial Lalanda, que fue su maestro y amigo).

     Ya retirado, siguió sintiéndose torero: ¿qué otra cosa podía sentirse? Eso ponía en su pasaporte y documento de identidad: "Profesión: torero". Multiplicó entonces su compromiso con la Tauromaquia, participando en cuantas actividades pudieran enaltecerla. Algunas mañanas —me comentaba— bajaba al jardín de su casa y comprobaba si hacía aire: como si fuera a torear esa tarde… Seguía soñando con "torear en cualquier plaza importante y teniendo veinte años…". Era, también, una excelente persona: inteligente, correcto, abierto a cualquier faceta del arte y de la vida. Hubiera podido triunfar también en cualquier otra profesión. Le gustaba conocer gente interesante, ampliar sus horizontes estéticos: recuerdo bien su emoción auténtica cuando le invité a escuchar la 'Novena Sinfonía' de Beethoven…

     En su vida ocupaba un lugar decisivo la familia: la mujer, los hijos… Sin ellos, no hubiera podido desarrollar su arte de ese modo. Sobre todo, sin Remedín: su compañera, su mejor defensora, su apoyo, su estímulo constante. Poseía, además, una cualidad rara en los grandes artistas: el equilibrio, la mesura, el saber estar, siempre, en su sitio. Y eso también le ayudó en su estética, fundada sobre la naturalidad.

     Manolo Vázquez, por último, era profundamente sevillano. No un gracioso ni un chistoso: un sevillano serio, de la estirpe de Cervantes —aunque no hubiera nacido en Sevilla pero sí la vivió y la amó—, de Velázquez, de Bécquer, de los Machado… Esos son los que yo prefiero: los que —como escribió mi maestro Dámaso Alonso de don Manuel Machado— disimulan con pudor su gravedad detrás de la aparente ligereza; los que conocen esos secretos interiores, esas «veladuras misteriosas» de Sevilla de las que nos habla Romero Murube. Se sentía Manolo Vázquez profundamente unido a su barrio de San Bernardo, al Gran Poder, a Sor Ángela.

     Reapareció por la ilusión de triunfar en Sevilla: "Esa ha sido siempre mi obsesión. Me siento orgulloso de ser sevillano y de haber llevado el nombre de Sevilla por el mundo entero". Sevillano serio, hombre cabal, maestro de la Tauromaquia. La hermosa estatua de Luis Álvarez Duarte lo ha situado ya donde debía estar, en el Arenal, junto al río cantado por Lope de Vega:

Río de Sevilla,
¡cuán bien pareces!,
con las galeras blancas
y ramas verdes.

     Está, también, a la vera de la Maestranza, el 'sueño eterno' de todos los artistas del toreo: "Quiero que todos me recuerden torero para siempre. Amén". Así lo recordamos todos. Y, los que tuvimos la fortuna de ser sus amigos, sentimos melancolía por su ausencia. Cuando encontraron a don Antonio Machado, en Coilloure, en el bolsillo de su chaqueta estaba el último verso que escribió: poco antes de morir, seguía recordando los 'días azules' y el sol de su infancia sevillana. Junto al río, frente a la Maestranza, la luz dorada del Corpus ilumina ya para siempre a Manolo Vázquez.

*Andrés Amorós es autor de la biografía 'Manolo Vázquez, el toreo de frente'. / Publicado en ABC-Sevilla

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